sábado, 21 de enero de 2017



Esta mañana era todo amor. Teniéndolo a escasos centímetros lo echaba de menos; sentía ganas de besarlo mientras lo besaba. Y de repente… No sé qué palabras han sido exactamente, pero recuerdo perfectamente el sonido de mi corazón quebrarse. 
No se ha dado cuenta de que empezaba a sentir algo lindo, verdadero.
Mi cuerpo ha estado dormido tres años. 
Me han hecho creer -y en el fondo lo sigo creyendo- que nadie iba a poder enamorarse de mí porque algo aquí dentro no funciona. He sentido cómo chicos me han mirado con la frialdad del deseo y eso me ha golpeado la cara mil veces. 

Yo era tu luna, la que te alumbraba las noches, la que se ha impregnado de ti y ha mecido tu sueño. Tú eras mi sol: habías despertado vida, me has dado el calor que necesitaba para poder sentir que tus brazos eran mi hogar. Y de repente… Me has parado los pies, y te lo agradezco. Esto estaba yendo demasiado lejos en muy poco tiempo. Hace veinte días que no sabía nada de ti, que la palabra “césar” me sonaba a ensalada, que dormir con alguien me agobiaba y que nunca, nunca, nunca me habría fijado en ti. Hace veinte días yo era ganadora de mi vida. Ahora me siento derrotada por ti, por tus palabras, por tu distancia. 


Yo solo quiero que me quiera, que mi espalda sea su mapa y que mis piernas sean su destino. Quiero volverlo loco, que no sepa vivir sin mí, que se muera cuando me vaya, que sean su alegría mis migajas. Quiero ganar. Quiero tener el poder de destruirlo en mis manos y decidir cuidar su corazón. 

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